Hace
muchos siglos, allá por el año 150 antes de Cristo, cuando los
romanos se extendían por una parte importante del mundo conocido,
ocurrió que en Lusitania un cónsul llamado Escipio debió afrontar
los embates de un movimiento independentista. Como la tarea de
represión era muy dificultosa, decidió aniquilar al líder de los
rebeldes, de nombre Viriato (180-139 AC). Para concretar tal fin,
pactó con tres nativos, cercanos a Viriato, para que hiciesen el
trabajo sucio a cambio de una suculenta recompensa. Perpetrado el
crimen, los sujetos se presentaron ante Escipio reclamando el pago de
la deuda. Sin inmutarse, el político romano les dijo: “Roma no
paga traidores”. De esta forma, les hizo sentir el rigor por haber
actuado en contra de la ética imperante aún cuando él mismo había
sido el gestor del acto. Desde entonces, resulta útil para reprender
a personas que obran de manera traicionera, aunque uno sea el autor
intelectual del hecho.